Ya probé el Hákarl, y de veras es poco apetecible, por decirlo amablemente. Nunca he olido amoniaco, pero si es cierto que el hákarl huele a eso, el amoniaco huele asqueroso. Lo malo es que nos queda casi todo el frasco: sólo pudimos despacharnos dos cubitos. Habrá que hacer heroicidades para darle cran definitivamente. Quedan todos cordialmente invitados.
Pruébenlo y luego aterroricen a sus hijos y nietos con la historia de "¿ya les conté de cuando comí hákarl?".
sábado, 4 de agosto de 2007
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